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Estudios hidrogeológicos: precisión para decidir

26 de Febrero de 2026


Un pozo seco no es solo un coste hundido. En minería puede reprogramar una campaña completa, tensionar el abastecimiento en faena y abrir flancos regulatorios. En una sanitaria, una estimación optimista de caudal puede traducirse en incumplimientos operacionales. En infraestructura, una napa mal caracterizada cambia el diseño de excavaciones, drenajes y cimentaciones. Por eso, cuando hablamos de estudios hidrogeológicos en contextos B2B exigentes, el objetivo no es “entender el agua” en abstracto: es reducir incertidumbre técnica y convertirla en decisiones defendibles.

Qué resuelven realmente los estudios hidrogeológicos

Un estudio hidrogeológico bien planteado responde a tres preguntas que suelen estar mezcladas en los términos de referencia, pero que conviene separar desde el inicio.

La primera es de existencia y geometría: dónde está el agua subterránea, en qué unidades hidroestratigráficas, con qué espesores y continuidad lateral. Sin una lectura estructural y estratigráfica coherente, es fácil confundir un lente local con un acuífero explotable.

La segunda es de capacidad productiva: cuánto puede entregar el sistema y con qué confiabilidad. Aquí entran la transmisividad, el almacenamiento y el comportamiento frente a bombeo, además del concepto operativo de caudal garantizado, que no es un número “bonito”, sino el resultado de supuestos explícitos y márgenes de seguridad.

La tercera es de impacto y sostenibilidad: qué ocurre alrededor si extraemos, infiltramos o drenamos. El radio de influencia, las interacciones con cursos superficiales, humedales o pozos vecinos, y el riesgo de movilizar contaminantes o salinizar son parte del mismo problema. El agua subterránea no se deja encapsular en un polígono de proyecto.

Alcance típico: del concepto al modelo predictivo

En la práctica, los estudios hidrogeológicos que soportan inversión y permisos se construyen por capas de evidencia. La secuencia exacta depende del presupuesto, del plazo y del grado de incertidumbre inicial, pero hay una lógica que se repite.

Se parte de una fase conceptual: recopilación de antecedentes, interpretación geológica e hidrológica, inventario de puntos de agua, series de niveles y calidades, y una hipótesis hidrogeológica inicial. Esa hipótesis no es un informe “para cumplir”, sino la base para decidir qué medir y dónde. Un diseño de campaña sin hipótesis suele terminar en datos inconexos.

Luego viene la adquisición de terreno y su integración. Aquí es donde la hidrogeología moderna gana velocidad cuando combina perforación selectiva y ensayos con métodos geofísicos orientados a contrastes físicos relevantes (resistividad, polarización, respuesta electromagnética, velocidad sísmica). La geofísica no reemplaza el pozo, pero sí reduce el número de pozos mal ubicados y mejora el valor de cada metro perforado.

La tercera capa es la modelación, que no debería llegar como un “bonus” al final. Cuando se usa de forma estratégica, el modelo numérico (por ejemplo, MODFLOW) se plantea como un marco de consistencia: integra geometría, recarga, parámetros hidráulicos y condiciones de borde para testear escenarios. Lo relevante no es el dibujo en 3D, sino la capacidad de justificar decisiones bajo supuestos trazables.

Métodos que marcan diferencia (y cuándo no)

En ambientes complejos -fracturados, volcánicos, aluviales heterogéneos- el principal enemigo es la extrapolación ingenua. Por eso la selección de métodos debe responder al tipo de incertidumbre dominante.

Si la duda principal es la continuidad de unidades conductivas y la presencia de paleocanales o zonas saturadas, técnicas de resistividad eléctrica como ERT y métodos electromagnéticos como TEM o AMT suelen aportar una imagen coherente del subsuelo. No entregan caudal por sí mismos, pero sí reducen el espacio de búsqueda y ayudan a definir geometrías y profundidades objetivo.

Si el riesgo está en la identificación de estructuras controlantes -fallas, fracturas, contactos-, la combinación de geología estructural con respuestas geofísicas y observación de surgencias o anomalías de nivel puede ser decisiva. En esos casos, una campaña que “solo” mida resistividad sin una lectura estructural puede pasar por alto el verdadero controlador del flujo.

Cuando la pregunta es productiva -qué caudal sostener y con qué drawdown- los ensayos hidráulicos mandan: pruebas de bombeo, escalonadas, slug tests y recuperaciones, bien instrumentadas y con control de interferencias. Aquí el trade-off es claro: los ensayos son más caros y lentos, pero son la base más directa para parametrizar transmisividad y almacenamiento. La geofísica puede optimizar el emplazamiento del pozo de prueba, pero no sustituye el comportamiento medido bajo bombeo.

Para temas de estabilidad y diseño geotécnico, parámetros como Vs30/Vs100 pueden ser críticos en infraestructuras y, aunque no son hidrogeología en sentido estricto, conviven en el mismo paquete de decisiones de subsuelo. La coordinación temprana evita duplicidades y permite un modelo integrado.

De “caudal esperado” a caudal garantizado: lo que cambia la conversación

En comités de inversión, la diferencia entre un caudal esperado y un caudal garantizado es la diferencia entre una estimación y un compromiso operativo. La garantía no es magia, es gobernanza técnica: rangos, supuestos, escenarios de sequía, interferencias y criterios de confiabilidad.

Para llegar a un caudal defendible hay que explicitar la sensibilidad del sistema. Si el balance depende fuertemente de una recarga episódica, el riesgo no se elimina con más perforación, se gestiona con reglas de operación, monitoreo y escenarios de estrés. Si la producción depende de una zona fracturada localizada, el riesgo está en la conectividad y la variabilidad espacial, y la estrategia cambia: más control estructural, más puntos de observación, y una modelación que no “suavice” la realidad.

En contextos de replenishment o compensación hídrica, la conversación también cambia. No basta con decir “infiltraremos X”. Hay que demostrar capacidad de infiltración, trayectorias de flujo, tiempos de tránsito, y riesgos de cortocircuito hacia receptores sensibles. La hidrogeología se vuelve un sistema de verificación, no un documento.

Errores comunes que elevan riesgo (aunque haya mucho dato)

Un problema recurrente es confundir volumen de datos con calidad de evidencia. Se puede tener una nube de mediciones y seguir sin respuesta si no hay una arquitectura de interpretación.

Otro error es sobredimensionar la confianza en un único método. La resistividad puede confundir arcillas con saturación; un TEM puede perder resolución en los primeros metros; una prueba de bombeo sin observación adecuada puede esconder límites hidráulicos. La integración es la “tecnología” principal.

También es frecuente que el estudio nazca desconectado del uso final. Un estudio orientado a permisos requiere trazabilidad, control de calidad y justificación de supuestos. Uno orientado a diseño operacional requiere capacidad predictiva y un plan de monitoreo que cierre el ciclo. Si se mezcla todo sin priorizar, se obtiene un informe largo y una decisión débil.

Cómo se diseña un estudio para reducir pozos secos

El diseño eficaz parte por aceptar que el subsuelo no se deja leer con una sola ventana. Se define una hipótesis hidrogeológica inicial y se construyen criterios de éxito medibles: reducción de incertidumbre en geometría, rangos de T y S, y umbrales de impacto.

Después se planifica la campaña como una secuencia que aprende. Primero, métodos rápidos de cobertura para delimitar dominios y objetivos; luego, perforación y ensayos donde el modelo lo justifica; finalmente, instrumentación y monitoreo para capturar dinámica temporal. La clave es iterar: actualizar el modelo conceptual y decidir el siguiente paso con evidencia, no por inercia.

Cuando el proyecto exige velocidad sin sacrificar defensabilidad, la ventaja competitiva está en la capacidad de integrar adquisición, procesamiento e interpretación con herramientas propias y control de calidad interno. En ese enfoque se posiciona G-Strata con hidrogeología inteligente, combinando geofísica aplicada, interpretación experta y modelación para convertir el subsuelo en decisiones operacionales y regulatorias con menor incertidumbre.

Entregables que sí mueven decisiones

Más allá del formato, hay entregables que cambian la conversación con gerencias y autoridades porque hacen explícito el riesgo.

Un buen modelo conceptual no es una lámina bonita: es un conjunto de unidades hidroestratigráficas, estructuras, condiciones de borde y mecanismos de recarga con evidencia asociada. Un modelo numérico útil no es el que “calza” perfecto, sino el que reproduce dinámicas clave y cuantifica sensibilidad a parámetros inciertos. Y un informe defensable no es el que oculta supuestos, sino el que los expone y muestra cómo afectan a caudales, drawdown, radios de influencia o tiempos de tránsito.

En paralelo, un plan de monitoreo es parte del estudio, no un anexo. Niveles piezométricos, caudales, calidad, y en algunos casos trazadores o series de deformación, permiten gestionar el acuífero como un activo: detectan filtraciones, anticipan declives y ajustan la operación antes de que el problema aparezca en producción o en cumplimiento.

Sostenibilidad: cuando el subsuelo se vuelve reputación

La sostenibilidad en agua subterránea no se resuelve con declaraciones. Se resuelve con balances, escenarios y reglas de operación. Un estudio serio debe poder responder qué pasa en años secos, cómo se prioriza el uso, y qué gatillos activan mitigaciones. En minería y en infraestructura, esto se traduce en continuidad operacional y en menos exposición a contingencias.

El punto fino es que “sostenible” no significa siempre “no extraer”. A veces significa extraer con control, reinfiltrar con verificación o redistribuir captaciones para reducir impacto local. Depende del sistema y de las obligaciones del proyecto. La hidrogeología aporta el marco para que esa decisión sea técnica, no opinable.

Si tu próximo paso es perforar, infiltrar o comprometer un caudal, la pregunta más rentable no es cuánto cuesta el estudio, sino cuánto cuesta equivocarse. Cuando el subsuelo es incierto, la estrategia no es apostar más fuerte: es medir mejor, integrar con criterio y decidir con escenarios que resistan auditoría técnica y estrés operacional.

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